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ASI ME HICE YO

En el año 1971 siendo el 21 julio, mi madre se encontraba a punto de dar a luz, ah a propósito mi madre se llama ANA MARIA BUENO MORGADO, mujer verraca emprendedora, dúctil y llena de sangre campesina de esa mujer santandereana que no conocía la pereza el desánimo y la falta de capacidad, eran pasadas las 8 de la mañana cuando por sus dolores de parto se dispuso a mandar llamar la partera a unos 20 minutos de la finca el tachuelo en la vereda la tahona, toda la familia estaba reunida allí, digo toda pues mi mama señora doña Conchita, (Concepción Morgado), mi papa señor don pablo Bueno (Pablo Antonio Bueno) y mi madre hacia poco se habían mudado allí, pues acababan de comprarle esa finca a doña Jesús Gamboa, antigua propietaria estoy hablando de la finca que fuera de don Resuro Gamboa, bueno pero para no alargarme tanto dice mi madre la partera llego a eso de las 12:30 del dia, apenas acababa ni abuela de lavar los platos del almuerzo, entro a la cocina como es costumbre atender a las visitas en nuestro campo se sentó en el taburete de cuero, aquel que tenía ruñido un pedazo pues los benditos perros de los vecinos en la noche se nos quedó afuera y llegaron y se comieron el cuero.

Doña Jacinta empezó a echar cuentos y a reír a carcajadas mientras se tomaba un café de esos que, hacia mi mama señora de pasas y tostado en el perol viejo, molido en la máquina de molino marca corona que acababa de regalarle mi tía Emma (Emma Bueno Morgado) ese café quedaba de un sabor exquisito, eso sí con panelita de esa tahonera de esa que sabía a caña, a sabor dulce, mientras mi mama se iba para la pieza nueva a acostarse pues sus dolores de parto eran cada vez más intensos, nosotros siempre hemos llamado la pieza nueva de la casa porque cuando compramos esta solo tenía dos piezas de paredes y mi tío Luis Antonio junto con nuestro amigo Domingo Sandoval, decidieron construir esta pieza nueva de adobe de tierra.

Mi mama tenía su cama bien tendida eso si se veía desde afuera del corredor con un cubre lecho de tela de tul bien blanco, forrando el colchón de algodón y tapando los burros y tablas que hacían alta la cama, la partera una vez termino de echar sus cuentos, mando a hervir agua, alistar algodón un trapo blanco y unas tijeras y por supuesto hilo, encarrerita mi abuela atizo el fogón, salió a la pieza a buscar en el bolso de los remiendos la dichosa tijera el hilo y el algodón, como no teníamos platón hecho el agua en la olla más grande y se la dio a doña Jacinta quien salió de la cocina y de una se encerró en el cuarto con mi mama a el proceso de parto, mientras todos afuera quedaban a la expectativa de que sería niño o niña, mas sin embargo como las abuelas por el ojo eran bien arrechas ya presentían que el recién nacido sería un varón y preciso a las dos (2) de la tarde el chino lloro por primera vez y todos salieron al corredor a esperar por lo menos oírlo llorar, siendo pasadas las tres de la tarde la partera con su falda mojada y un poco espelucada sale se arregla su sombrero se pelo y dice ya quedaron dormiditos, Concha si quiere entra y conoce su nieto, la abuela entro y lo primero que hizo fue alzar entre risas y alegría a quien hasta hoy es su nieto su cuba más querido.

Apenas eran los años 70 donde aún se vivía con la tranquilidad del mundo en una ranchita y a la luz de una vela y una lámpara de petróleo fui llenándome de meses y creciendo un día como tal empiezo a ver esta vida me acuerdo que me tenían en la séquia de la casa mi hermana jugaba conmigo con unos muñecos de trapo y yo lo primero que vi al frente mío fue un caneco grande de color blanco de galletas la nacional la cual para la época eran las galletas que hoy conocemos como saltinas, poco a poco fui aprendiendo a caminar por aquella casa hasta que fueron mis pasos hasta el grande salón donde entraban jóvenes entre ellos mi hermana Sara al acercarme vi grandes asientos(bancas) donde ellos con sus cuadernos tomaban nota de lo que les dictaba una señora alta de un carácter que de entrada me daba miedo pues sus explicaciones en tono fuerte y bastante seguro daban de la gallardía de tan exuberante mujer….se trataba de la profesora VICTORIA ACELAS quien fue la maestra designada por no sé quién carajos para dictar clases en la que años más tarde fuera mi escuelita la que hasta hoy es la escuela rural de la vereda la Tahona, de ahí en adelante me volví cansón cada rato día tras día acercándome a mirar cómo se instruían aquellos alumnos que de vez en cuando pasaban y me dirigían palabras cariñosas.


Poco a poco fui aprendiéndome los nombres de algunos de ellos los cuales hasta el día de hoy son mis amigos, empezando por AQUILEO MARTÍNEZ, ANTOLINO MARTÍNEZ, CECILIA MARTÍNEZ, CÁNDIDA MARTÍNEZ, AMALIA MARTÍNEZ, ADELFO MARTÍNEZ, ANTONIO MARTÍNEZ, RUBÉN CÁCERES, MIGUEL CÁCERES, EFRAÍN Y JUAN DELGADO CÁCERES, VIRGILIO RODRÍGUEZ, MARÍA MANSALVA, CELMIRA MANOSALVA, MARTIN, NUBIA, YOLANDA NELLY, MIGUEL Y LUIS ALFONSO LARROTTA RODRÍGUEZ, AGLOVARDO, JOSEFINA, EVARISTO VILLAMIZAR BUENO, SARA BUENO, MARÍA HELENA, HERMES, DORIS ARGUELLO, FRANCELINA CAIRASCO, LUIS ENRIQUE MEDINA, NORBERTO SUAREZ, NÉSTOR, MARÍA EUGENIA LARROTTA SEQUEDA, JULIO GAMBOA, VÍCTOR HUGO RODRÍGUEZ BUENO, LUIS FRANCISCO RODRÍGUEZ BUENO, y muchos otros que pasaron por la pizarra de tan maravillosa escuela, la cual se mantuvo en nuestra casa hasta mediados de 1986 cuando fue trasladada al que hoy es su sitio terreno que fue donado por mi abuelito para que se construyera allí el claustro educativo.

Inicie mis estudios de primaria a los 6 años de edad, en el salón que les cuento en mi casa, de ahí que me volaba a la cocina a tomar tetero pues lo tome hasta la edad de 8 años, cosa rica pasar agupanela con leche por este recipiente, le pedía permiso a la maestra que para 1978 era ya la Señorita GRACIELA PABÓN JEREZ.

Ya a la edad de los 6 años empezaron mis abuelos a llevarme al pueblo a misa pues los domingos aún son los días más especiales y santos para los campesinos de Santa Bárbara, pues es el día en que todos nos desplazamos al pueblo a escuchar y estar en la eucaristía además de salir a darnos un paseo en esos años lo hacíamos a pie , dos horas caminando, mi abuela me llamaba los sábados a eso de las 5 pm al lavadero de la casa, alistaba una toalla y me bañaba para decía ella que estuviera limpio para en la mañana del domingo a eso de las 6 am ponerme la ropa más nueva y cancharme las cotizas blancas esas que me compraba mi abuelo en la tienda de don Marcos Bautista o Rafael Chanaga, o si se le olvidaba los compraba en el tope en la tienda de doña Tomasa Jaimes, esas cotizas las utilizaba con tanto aprecio que las botaba cuando ya estaban completamente rotas las capelladas, estrenaba zapatos solo en diciembre cuando mi mama después de laborar por largo tiempo en la ciudad en servicio doméstico me llevaba zapatos tenis croydon o de material grulla, me los ponía pero ya la costumbre de la cotiza me sentía un poco incómodo llevarlos.

Los primeros viajes al pueblo fueron para mí la mejor experiencia, no solo por ver la exuberante belleza de sus casas sino que parecía el pesebre que armaba mi abuela en la casa, recuerdo que para llegar al pueblo teníamos dos opciones, una por el desecho a salir a la casa de María jerez, no habían en esa época las gradas el desecho se tomaba por debajo de la casa de Efigenio herrera a salir a un loquete y luego salíamos a la calle de donde Felipe Jaimes y otra opción era seguir la carretera por la curva, solo que la diferencia en tiempo era más o menos de quince minutos, yo me acostumbre a tomar la segunda pues mis abuelos no les gustaba andar por el desecho ya que decían que era muy resbaloso.

Al ingresar al pueblo por la curva llegaba a sentir alivio de llegada cuando pisaba la tienda de Pablo Arguello hoy en día la casa de la familia Bautista, allí llegábamos a las ocho de la mañana a reposar mientras el abuelo pedía para cada uno una gaseosa kola hipinto y un mojicón, el pan preferido por la abuela, yo veía que el abuelo pedía una cerveza Bavaria todas esas bebidas no las tomábamos con mucho gusto al clima pues la luz solo la conocía el pueblo en la noche desde el viejo motor lister que aún se conserva en el edificio de la alcaldía, las calles eran de tierra y mucha piedra, los carros que llegaban era la lechera buseta marca MERCURY su conductor un gran hombre GILBERTO JAIMES, el único Cristiano Evangélico para aquellas épocas en Santa Bárbara, de esos seis años en adelante empecé a conocer las andanzas de mis ancestros las costumbres de mi pueblo y los respetos de un linaje que antes que ser unos caciques eran unas personas donde la palabra valía más que el oro.

Mi pueblo aquel que vi por primera vez desde la esquina de lo que es hoy la casa de la familia bautista como algo fenomenal, mi vista se enfrasco en el campanario de la iglesia aquel que aún se conserva, como todo campesino de mi tierra subíamos al pueblo prácticamente solo los domingos después de tomarnos el refresco, salíamos de la tienda y caminábamos por la carrera de la vieja casona , aquella carrera que aún hoy conserva los andenes antiguos que sostienen el viejo parque, allí mis abuelos se iban encontrando uno a uno aquellos amigos de pueblo como don Cruz Sandoval, Nativo Perucho y pedro pablo Perucho, quienes desde muy temprano bajaban con sus machos, mulas y burros , cargados de cantinas de leche para empezar a llenar las que traía la lechera, el traqueteo de las cantinas por el movimiento que hacia el ayudante al sacudir las cantinas y trastearlas vacías de un lado a otro, se hacía un poco ensordecedor, mientras seguíamos de largo yo colgado de la mano de mi abuelita pues aún sentía miedo a descubrir lo lindo de mi pueblo, mis alpargatas tableteaban y jugaban con las piedritas de aquella polvorienta avenida, pasando frente a la vieja casona se podía observar los balcones y puertas que para mí eran algo novedoso pues nunca había visto una casa tan grande además de dos pisos que la hacían ver majestuosa e imponente, “Como esta don Pablo como le va a usted? Se oyó una voz desde una piecita vieja que estaba entre abierta en el extremo de la casita, “como le va Conchita” de inmediato saludaba a mi abuela, en ese mismo instante me jalaba en dirección de donde salía la voz yo arrastraba mis pies no queriendo ir hacia allá a su vez mi llanto de miedo me tomaba por sorpresa, más, sin embargo la fuerza de mi abuela era más arrolladora que la resistencia que yo le podía hacer por lo cual poco a poco accedía a ir al sitio acompañado de un regaño que me acuerdo decía “ este getí blanco que le pasa ande pues carajo”. Ya muy cerca de la baranda sale un señor con un saco de paño, un pantalón negro, sombrero de pelo negro, una camisa blanca abotonada hasta el último botón el que da piso a la corbata, su mirada fija y seria se dirigía a la mano del abuelo que se la apretaba con gran aprecio mientras que su voz se hacía sentir con una respuesta a su saludo “ “como esta don Francisco como le ha ido” mientras entrelazaban alguna conversa los abuelos con aquel personaje de caminar erguido, yo miraba hacia esa pieza buscando talvez el terror de lo que había en su oscuridad pero yo solo veía arrumes de periódico envueltos en polvo, trate de poner cuidado a la dichosa conversa que hacían con deleite mis abuelos con don (Francisco Rodríguez) cuando un personaje con una voz más suave llegaba por atrás queriendo saludar a mi abuelo mientras se oía de su voz “ bendición padrino” mi abuelo se da vuelta y responde “Dios lo bendiga ahijado” a su vez que su mano hacia el signo de la cruz frente a su pecho ese personaje traía en su brazo creo que el izquierdo un bojote de periódico limpio y nuevo, sacaba una de las ediciones y se la largaba al abuelo y le decía “ el campesino padrino “mientras el abuelo sacaba de su cartera de cuero un billete no se dé cuanto y se lo largaba a aquel muchacho que vestía de jean y saco de lana verde quien contento con la venta le largaba a mi abuelo unas monedas de vuelto y se despedía pues su oficio aún no concluía, se trataba de don Víctor jerez quien todos los domingos distribuía el semanario el Campesino de la famosa Radio emisora Zutatenza.

Llegamos a la esquina frente a la casa de Rosa Delia Rodríguez mi abuelo señaló para la droguería de Felipe Jaimes una vieja casa que al ingresar se podía observar los productos farmacéuticos y veterinarios que tenía, además de poseer música para sus visitantes desde una vieja radiola blanca con rojo de la cual salía un parlante de madera que hasta el día de hoy todavía lo conserva, me acuerdo tanto que los discos que sonaban en la época eran los de los corraleros del majagual y el cuarteto imperial, además de los betas con las tres marías y otros clásicos, me senté en una banca de madera mientras Felipe atendía a mi abuelo quien compró especifico indiano, un sobre de mejoral y una botella de alcohol para sus clientes cuando los terminara de peluquear, de pronto la voz de la abuela retumbó en la sala cuando en voz alta le dice al abuelo, “Pablo ya dieron el segundo a misa vamos” fue un mensaje que al instante se convirtió en orden pues salimos de allí, me acuerdo que cruzamos el viejo kiosco de paja y columnas de tubo de cemento color amarillo con pintas de colores rojo y verde además de azul seguimos a paso que me llevaban casi de rastra por el andén del parquecito, llegamos frente a las gradas de la iglesia , me asuste cuando al ingresar al templo veía a Rosa Pon como se le decía a aquella viejita , levantarle el vestido a san Antonio un santo que permanecía en uno de los nichos de la pared derecha y le introducía una bolsas con sus cosas personales, se daba vueltas y se entraba hasta la sacristía y volvía y salía generándome a mí un poco de miedo, mas sin embargo me protegía aferrándome a mi abuela quien procedía a sentarse en las primeras bancas, mientras tanto yo analizaba detenidamente todos los movimientos que se producían a mi alrededor preguntándome que sería lo que esperábamos.

Sonó nuevamente las campanas y fue saliendo un sacerdote cantando, vienen con alegría y todos le respondían al coro, así pasaron una y muchas eucaristías, compartiendo con todos los campesinos de las veredas, nos sentíamos en un entorno que hoy en día jamás lo he visto en otros lugares, el ambiente de un pueblo humilde sano y lleno de esperanzas, pero no de vanidades, de esperanzas de esas férreas, de esas que en estos tiempos ya no se ven, de esas que inician con chocatos y ruana y terminan en verdor profundo y proyección de Municipio próspero y pujante.

Hoy les cuento desde mi humilde baúl de recuerdos que solo han pasado cincuenta años desde que vine a este mundo y estoy seguro que muchos de mis paisanos tienen historias de vida similares a la mía, porque al fin y al cabo tenemos la misma esencia de pueblo.



 
 
 

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